El imperio de los espejos

Carlos Paniagua

En el laberinto de cloacas de una inmensa ciudad se desliza en silencio una desconocida serpiente; desciende de otra que en el amanecer del tiempo fue expulsada del Paraíso. Mendigos y menesterosos que se aventuran a esas tinieblas huyendo del frío, el desdén y la humanidad le sirven de alimento; lleva en la piel tatuado un mensaje de oprobio y el nombre del sencillo brebaje que sana el cáncer de la vanidad. El laborioso Glifo de escamas —que en su estricta simetría emula a los espejos— afirma que el milagro líquido que mantiene vivo al planeta es también letal: después que la primera mujer vio reflejada su belleza en él, usó su descubrimiento para destruir al primer hombre. No es coincidencia que Narciso y Eva muriesen ahogados; el primer espejo fue de agua.

La escritura en la sierpe igualmente asevera que al conocimiento de los metales vino añadido un abominable maleficio: el día que el hombre tuvo el más elemental dominio sobre ellos, no resistió la tentación de verse duplicado en su bruñida superficie. Antiguas versiones orales transmitidas entre los persas aseguran que la muerte de Alejandro El Grande, rey de Macedonia, fue prefijada por el enigmático obsequio de una hermosa princesa nómada: un espejo de plata. El emperador —que un día recibió de Diógenes lecciones de humildad— fue presa de la tristeza cuando antes de la última bacanal contempló en su semblante la mueca de la soberbia y la desierta geografía de su inmensa soledad. 

Los historiadores desconocen el verdadero origen de la destrucción de Cartago; uno solo la relaciona con los espejos.Consta en un calcinado papiro rescatado de las cenizas de la biblioteca de Tarink ibn Ziyad que la irreflexiva orden de Aníbal de fundir los espejos y transformarlos en alfanjes, cimitarras y monedas inexplicablemente robó la voluntad a sus elefantes, espació la lepra entre sus vasallos y originó el pánico y la deserción. La derrota de Metauro de su hermano Asdrúbal y la propia en Zama a manos de Escipión estaban escritas. 

A un oscuro alquimista veneciano del siglo XII —que terminó en la hoguera— le fue revelada la fórmula para impregnar mercurio y estaño en la espalda del vidrio. Con ese invento —el espejo de cristal— habría de financiar el Dux la poderosa flota de galeras que por más de un siglo fatigó al Mediterraneo. Los esfuerzos de la corona para mantener el secreto de su manufactura fueron vanos: infieles ávidos de fortuna huyeron con la receta de Nuremberg, París y Londres. Todos enriquecieron y ninguno escapó a un final trágico: los quemaron, ahogaron o decapitaron, uno fue despellejado vivo, otro desmembrado en el potro, y subsiste la creencia que uno de ellos aún respira el fango del Támesis, atrapado por los escombros del Puente de Londres original. Los que procuraron el anonimato para eludir esa suerte hallaron espantosas agonías envenenadas por el cinabrio y el azogue. Las ciudades que las acogieron heredaron la maldición: fueron trono de la peste, la guerra, el hambre y la destrucción. Venecia, después de haber sido el ombligo del arte, la cultura y la riqueza del mundo, es hoy un muestrario de ruinas que se hunden en el pantanoso reflejo de su propio estiércol.

El tamaño, la forma del decorado de los espejos fueron parámetros de posición social dentro de las frívolas cortes europeas. Se estableció una frenética competencia entre monarcas para decorar con ellos bolsos, trajes, carruajes, muebles, excusados y castillos enteros. La proliferación de los espejos infectó los palacios de usura, adulterio, infamia y traición; también atizó el hambre y la sedición popular que un día decapitó a los gobernantes. Frente a un espejo, Ana Bolena, María Antonieta de Austria y Luis XVI contemplaron la propiedad de sus atuendos antes de ser ejecutados. 

El descubrimiento del nuevo continente es quizá el más famoso y controversial espejismo: nada tuvieron que ver las teorías vigentes, la devoción religiosa ni la dudosa pericia de un ingenuo navegante genovés. El involuntario desvío de las tres carabelas a las playas del caribe fue fabricado por la fatídica confabulación de dos espejos: uno del astrolabio de La Niña y otro del sextante a bordo de la Santa María. Lo que debió ser una inocente expedición por canela y pimienta a Catay, se transfiguró en el inicio del más cruel y sangriento genocidio que haya visto el planeta: la conquista de América. 

El asombro y la fascinación que el espejo causó a los aborígenes hizo a los conquistadores creerlos tontos: jamás supieron que para los astrónomos indígenas un hombre capaz de atrapar el sol, el cielo y la propia mirada en un fragmento de vidrio merecía ser considerado superior. Se equivocaron: fue tarde cuando advirtieron que los invasores no eran más que una ignorante recua de vándalos, ávida de sangre, lujuria y rapiña.

En América la deslealtad no era nueva; los espejos, sin embargo, se encargaron de magnificarla: a cambio de un espejo fueron asesinados Hatuey, Lempira y Caupolicán; por trueques similares cayeron traicionados Cuitláhuac, Atahualpa y Laurato. En apuntes extraviados de Bernal Díaz del Castillo consta que la Malinche, extasiada por la visión de su propia desnudes ante un espejo, no dudó venderse ni ayudar al enemigo a preparar celadas a sus propios hermanos. El castigo fue inconmensurable, la perfidia, la avaricia y la peste mordieron la carne y el alma de los indios; las ciudades fueron quemadas y saqueadas; matemáticos, poetas y escultores fueron enviados a morir esclavos a las minas; la legendaria casta guerrera fue meticulosamente exterminada. 

Hoy América es un continente regido por una raza corrupta, voraz y mestiza que lo condena a la ignorancia, al saqueo, la injusta miseria y la eterna servidumbre. Asia y África (como imágenes gemelas de un espejo) tienen historias semejantes.

En épocas y sitios distantes los espejos han premiado y condenado a los artistas: con su ayuda, Leonardo (que esmeradamente escribió para ellos) consolidó estudios anatómicos que culminaron en “La Mona Lisa” y “La última cena”; también a ellos debió su ruina cuando la reputación de pervertido sexual sobrepasó su fama de genio. Abatido y enloquecido por la adversidad y la miseria, el holandés Van Gogh frente a un espejo se mutiló una oreja; también plasmó desesperados autorretratos que después se vendieron por obscenas e inútiles fortunas. Por excesos y aberraciones ejecutados en Tahití ante un espejo, pagó Gauguin con una horrenda y mortal venérea. Dalí, podrido en dinero, sucumbió a la absurda obsesión de pintar en los espejos y al aterrador reflejo de su propia demencia. La osada afirmación de que “Los espejos y la cópula son abominables porque multiplican al hombre” costó a Borges la irreversible ceguera. 

El descubrimiento en 1835 del barón Von Liebig— qué también murió intoxicado por la pertinaz inhalación de químicos— sustituyó por aluminio el mercurio y facilitó la manufactura de espejos. Desde entonces estos multiplicaron sus formas y aplicaciones para torcer la imagen y el destino del hombre.Intentar enumerarlas sería necedad; mencionar algunos ejemplos quizá sirva de advertencia.

A sus espaldas, Emiliano Zapata, Augusto César Sandino, Trotsky, Ernesto Che Guevara y Salvador Allende vieron en un espejo la cara de su traidor antes de la fatal emboscada.  

Instantes previos a salir al público Lincoln, Kennedy y el papa Juan Pablo I sonrieron en el espejo de la habitación a su asesino. En el mugroso vidrio de una vitrina callejera Mahatma Gandhi, Martin Luther King y Olof Palme se encontraron con la oblicua mirada de su verdugo. Contrario a toda creencia, el naufragio del Titanic, la tragedia del Hindenburg y la desafortunada explosión del Challenger: no se debieron a fallas mecánicas: llevaban sobrecarga de espejos. Enardecidos generales que idolatraban su figura uniformada en el espejo planificaron los atroces bombardeos que  redujeron a escombro Pearl Harbor, Dresden, Hiroshima y Bagdad. Genocidas que rutinariamente consultaban sus decisiones a su mujer y a su espejo, ordenaron la masacre de multitudes indefensas en Treblinka, Tlatelolco, Tiananmen y Panzós. 

En la época cuando un inocente relato denunció la existencia del abominable monstruo de las alcantarillas, los espejos habían extendido su rupestre naturaleza de vidrio a otra de diabólica estructura digital: un aparato ante el cual se representaba una escena preparada de antemano por cerebros mercenarios —con objetos y actos comprados— reproducían la imagen a millones de pantallas hábilmente implantadas en todos los hogares. Esa perversa variante hizo del hombre un miserable autómata, de la mujer una frustrada soñadora, y de los niños unos irreverentes parásitos propensos al consumo, la envidia y el crimen. El sistema sirvió de maravilla a corporaciones transnacionales, comerciante, políticos, dictadores y demagogos para embrutecer al rebaño e imponerles gobiernos, religiones y estúpidos hábitos de consumo que variaron desde la descabellada idea de detener la vejez con fango o excremento animal hasta la ingestión de comidas y bebidas sintéticas que inexorablemente desembocaban en cáncer. Prisioneros del sistema y de su propia vanidad, hombre y mujeres se dieron a la obsesiva tarea de cambiar su aspecto: castigaron su cabello con alisadores, rizadores y tintes, embadurnaron su rostro con todo tipo de engañosas cremas, nocivos cosméticos y misteriosos aceites; insertaron lentes plásticos a sus ojos para deshacerse de las gafas o cambiarles el color, depilaron y broncearon su cuerpo con dañina radiación ultravioleta, agotaron esteroides y máquinas de gimnasio para deformar su anatomía. Se hizo común someterse a mortales dietas y costosas intervenciones quirúrgicas para rectificar el peso, las arrugas, los dientes y el color de la piel; también para cambiar de sexo, implantarse cabello, nalgas y tetas artificiales.Todo con un triste e ilusorio propósito: satisfacer la insaciable voracidad de un espejo. La infinitesimal posibilidad de que la humanidad se liberara del yugo de los espejos dependió de la construcción milimétrica de un tortuoso ingrávido y tubular espejo en dimensiones estelares, por el cual debía transitar la sierpe para que el dibujo de su piel adquiriese significado. El único ser capaz de lograrlo existe: fue en su juventud un omnipotente y secreto benefactor del planeta que, por una traición, es hoy el alma más siniestra y cruel de la tierra. Actualmente controla el comercio del sexo, armas, drogas y espejos, y se reserva el placer de observar a la humanidad destrozarse. 

A quien haya leído hasta aquí y no desee verse involucrado, se le aconseja abandonar la lectura; quien desee obtener una muestra de autenticidad de todo lo anterior, debe colocar esta página frente a un espejo.

Transcripción del texto original publicado en la Revista Crónica. Año VI, Número 251, Guatemala, 13 -19 de noviembre, 1992.


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