Las máquinas y yo

Ligia Escribá

Publicada en 1984 por la Tipografía Nacional, Las máquinas y yo es una singular obra de relatos de la escritora guatemalteca Ligia Escribá que se adentra en las fronteras de la narrativa fantástica y la ciencia ficción. El libro aborda un entorno doméstico asfixiante donde los electrodomésticos y objetos cotidianos cobran una hostilidad latente, saboteando de forma sistemática la libertad y privacidad de su protagonista.

Escrita en medio del complejo contexto del conflicto armado interno en Guatemala, la propuesta de Escribá trasciende el simple misterio cotidiano para convertirse en una poderosa alegoría sobre el encierro, el control y la paranoia institucionalizada. Aunque permaneció olvidada durante décadas, esta obra literaria experimenta un merecido rescate y revalorización crítica. Los relatos que compartimos a continuación abren una ventana a este fascinante universo donde la tecnología y lo cotidiano se transforman en una permanente amenaza.


Ella y su decisión

Tomé una silla. Mi silla. La coloqué en el sitio habitual, frente a mi escritorio. Estaba dispuesta a escribir algo original o al menos en forma diferente a lo que cualquier otro hubiere escrito. Me enfrenté a mi máquina de escribir y todo esfuerzo fue inútil, porque Ella se me resistió.

Traté por los medios conocidos de hacerla caminar, es decir, trabajar, pero ninguno dio resultado. Ella parecía no darse cuenta de mi tremenda frustración. Revisé la conexión eléctrica y estaba bien. Inspeccioné la máquina y, en mi conocimiento básico de máquinas de escribir, todo estaba perfecto… pero Ella no quería funcionar.

En algún sitio y momento, alguien me había comentado que su máquina de escribir se tomaba vacaciones al menos una vez al año. Esa situación sucedía cuando notaba que su dueño ya no tenía elementos para escribir algo nuevo. Se concretaba a repetir, plagiar o parafrasear a otros y en casos más graves a traicionarse a sí mismo.

Ese comentario en su tiempo me pareció exagerado e inverosímil. Hoy era una víctima de esa decisión radical asumida por la máquina. Descubrí quién tenía el poder y de quién estaba dependiendo mi trabajo… Ella, la máquina de escribir determinaba la calidad de mis creaciones y se tomaba la libertad de decidir si debían ser transcritas o no.

Cuando hoy tomé mi silla, y la coloqué frente a Ella, yo mecánicamente pretendía escribir, no sabía qué ni por qué. Me enfrenté a mi crítico privado e intransmisible… ¡Mi máquina de escribir!

Cuando Ella realiza su trabajo a perfección y se coordina con el movimiento de mis dedos, mis sentidos y mi talento, resulta tan suave el sonido del teclado, así como la señal del tope marginal. Ella trabaja con gusto y delicadeza. Es una melodía radiante y exuberante ante la cual la creación entera se muestra reverente. Es una sinfonía perfecta en la que se conjugan y se funden nuestros anhelos e ideales (los de Ella y los míos). La armonía y las variaciones de intensidad musical dependen de nuestros estados emocionales y de nuestra íntima unión.

Algunas veces, al igual que hoy, aunque mis dedos insistan en golpear las teclas, la máquina no se mueve. Se subleva. Las palabras salen mal escritas, con errores ortográficos o simple y llanamente no las imprime en el papel. Se traba la tecla para cambiar la línea de escritura y el sonido que indica el tope marginal es semejante a un lamento o a un pedido de auxilio. El papel no pasa libremente, hay algo que lo impide y lo lastima en los bordes laterales haciéndolo sangrar y dejar fragmentos de piel regados por toda la máquina. El llanto del papel y sus maldiciones se dejan escuchar por horas mientras que Ella, la máquina, sonríe abiertamente y celebra su triunfo porque ha logrado su objetivo, que yo no la use.

Ella se apodera de mí cuando Ella quiere. Entonces Ella sabe que la odio porque me ha poseído y me ha robado el derecho a elegir, a tal extremo que todo mi ser se resiste a dejarla y paso todas mis horas con Ella sin hacer nada más que escribir. Es una posesión tan fuerte que ningún exorcismo ha podido romperla.

Es por las noches que Ella me obliga a escribir, la mayor parte de las veces. Estoy quedándome dormida y de pronto las teclas comienzan a sonar, se enciende la luz de mi cuarto y se coloca sólo el papel en su sitio. Alguien me mueve y me obliga a levantarme al sonido del tope marginal.  Algunas veces Ella me despierta sólo para que lea sus ideas y las trabaje después porque Ella tiene sueño. Otras, para criticarme severamente porque la detesto… y Ella lo sabe. (Mi organismo se resiste a trabajar con la máquina de escribir y como protesta, se muestra adolorido previo a realizar cualquier acción con Ella. Eso ella lo conoce, porque existe una unión real e indestructible entre Ella y yo).

Según Ella me ha narrado que en su vida anterior tuvo oportunidad de leer a los buenos escritores y también a los malos. Trabajó para un poeta (no recuerdo el nombre que me dijo), quien por falta de talento y por desesperación ante las críticas de Ella se suicidó. Mi máquina me ha contado que el pobre poeta nunca le hizo caso. Se frustraba fácilmente y prefirió quitarse la vida. Una de las tantas noches en que Ella lo levantó a escribir y en la cual las palabras fluían a borbotones, fue tanto lo que escribió que se prolongaron las horas de sesenta a doscientos minutos cada una.

Los cinco días subsiguientes el poeta no se despegó de la máquina, trataba de componer una sinfonía a la máquina de escribir. Pero fracasó. Era mediocre. En un arranque de ira quiso levantarse de su silla, pero los puños de la camisa se enredaron en las teclas de la máquina y, como no había comido ni dormido durante todo ese tiempo, el peso de la máquina le hizo caer al suelo y ya no pudo levantarse. Se suicidó. Con el aire que entraba por la ventana se volaron todas las hojas que el poeta suicida había escrito, por tanto, al encontrar el cadáver la policía sentó el acta de defunción afirmando que la causa de la muerte fue suicidio y que el arma utilizada fue una máquina de escribir. Las posibles motivaciones del suicida, que la policía argumentó, fueron soledad, pobreza, hambre, publicidad. Y como no quedaba nada que atestiguara que era un poeta, fue enterrado como un mendigo harapiento que se había robado una máquina de escribir para suicidarse con ella.

Sólo Ella, mi máquina de escribir fue testigo y actuante. Ella admite que cometió un error al trabajar con ese poeta y que desde entonces se detiene a realizar análisis minuciosos previo a elegir a otro como servidor. Yo sé que soy una víctima de su influjo mefistofélico y que la única forma de aminorar el sufrimiento es sentarme frente a Ella y disponerme a escribir hasta que Ella decida que ya expié mis faltas.

Advertencia húmeda

La espuma cubría todo el piso y parecía como que la única posibilidad para atravesar la habitación era entablando una lucha contra ella. Ir conta corriente. Resultaba además de difícil una tarea casi imposible y desesperante. La espuma brotaba en grandes cantidades, a una velocidad increíble. Su único y máximo propósito, impedir el paso a cualquier viviente.

Era densa, pegajosa y horrorosamente blanca. A cada fallido intento por traspasarla se percibía una risa burlona y un murmullo continuo. Esa espuma poseía el movimiento de las olas y de vez en cuando, inclusive, se agitaba formando remolinos grandes y pequeños. Ella había recibido órdenes concretas y las cumplía a cabalidad sin protestar.

Las voces que se dejaban escuchar eran lamentos, amenazas y súplicas. Todas al mismo tiempo, al mismo ritmo, al mismo tono. Plegarias monótonas, dichas a desgano y condenadas al olvido, la indiferencia y la rutina.

El pequeño perro de la casa estuvo a segundos de desaparecer. Ese incidente habría sido motivo para que algún buscador de fama se afanara en encontrarle. El perrito pretendía pasar saltándola. La espuma cuando lo veía dar el salto se elevaba más que él. Los lamentos del cachorro inundaron el lugar. Fueron apaciguados por el temor desatado ante el intenso traqueteo y las patadas que parecían provenir de todas partes. Vibraban las paredes y el piso con fuerza, agitando a la espuma y a los dueños de la casa.

Era normal —pensaron—, que de vez en cuando las paredes se movieran un poco y se reajustaran en su sitio, eliminando a los intrusos, polvo y polilla. No habían interpretado ese enorme bullicio como una batalla a muerte. Consideraban que era rutinario y estaban a pocos segundos de quedar sepultados.

Los sonidos se hacían cada vez más fuertes y dolorosos, llanto y lamento a la vez, se apoderaron de la casa y de sus habitantes. Se percibía el movimiento de aspas gigantescas de una enorme mezcladora que encontraban obstáculos a cada movimiento y debían detenerse.

De las arterias de la mezcladora provenían los borbotones de su sangre blanca y deslizante. Angustiosos momentos vivieron los dueños de la casa, quienes estuvieron cerca de sucumbir estrangulados en las fuertes manos de la espuma.

Cuando la angustia les dejó tomar una decisión y les permitió buscar una solución, se enfrentaron al problema y de mutuo acuerdo asumieron que la única posibilidad de escapar y de liberarse era apagar la mezcladora. La espuma no les permitía aproximarse a la máquina. La única salida era bajar la palanca de la energía eléctrica. Ellos la bajaban y la palanca de inmediato se subía, reiniciándose la batalla en el mismo punto que la habían detenido. Tras varios fracasos al final lo efectuaron. Utilizaron las cuatro manos de los dueños para detener la palanca que no dejaba de moverse. Sudaban el sudor helado y húmedo de la frustración y del temor, la palanca y ellos. Pasados unos segundos abrieron la boca de la mezcladora y descubrieron a las víctimas. La ropa que estaba lavando había sido eliminada.

No quedaba una sola pieza completa ni capaz de ser identificada. Sangraban. Los pequeños retazos de tela lamentaban su suerte y repetían las amenazas, que la mezcladora les había ordenado transmitir a la persona a quien estas prendas pertenecían. Yo no estuve presente, me había alejado por unos momentos. Solo mi ropa estuvo y fue eliminada.

La máquina había desarrollado su estrategia y por un error el cálculo le había fallado. El efecto de sus palabras, de su advertencia, permanece impregnado a las paredes y resuena en mis oídos y en mi piel, segundo a segundo.

Enfriamiento repentino

El frío se desató de repente, se instaló, tomó posesión en mi habitación, en mi cama. No era posible explicarlo, comprenderlo ni investigarlo. Llegó súbita e inesperadamente.

Comencé sintiendo escalofríos. Mi voz y mis dientes se destemplaron. Me aprovisioné de frazadas y suéteres, no dieron ningún resultado. Temblaba más. Mi cuerpo lo sentía adormecido y adolorido. Percibía el recorrido helado de las gotas de sudor que nacían en la cabeza.

Pedí que cerraran las puertas y ventanas de toda la casa. Me miraban asombrados. No podían comprender que con ese calor pidiese semejante cosa. Era singular que la temperatura de mi habitación fuese opuesta a la existente en toda la casa. No tenía tiempo para averiguar los motivos, el frío me estaba consumiendo.

Mis dientes rechinaban. Mis manos se habían quedado inmóviles. Mis piernas y mis pies trataban de moverse para evitar la parálisis, pero parecía existir algo más fuerte que ellos quien se los impedía. Entrar en mi habitación era cambiar de mundo, de estado de ánimo y hasta de color.

Mi piel se tornaba verde y morada. Mi voz se fugaba a ratos. Se presentaron espasmos en todo el cuerpo. Primero, guardando distancia entre uno y otro. Luego, los intervalos se redujeron en tiempo y los espasmos se sucedían uno al otro. En ocasiones, varios al mismo tiempo. Mis pupilas estaban dilatadas, mi garganta seca… sentía sed.

El frío aumentaba conforme transcurrían los segundos. Los delirios iniciales arribaron a tiempo y en lugar exacto. Alucinaba. Entablé un debate con unas voces, de quienes al principio no supe el origen, después pude identificarlas. Las voces me acusaban por algo. Me condenaban, me gritaban que mi final se aproximaba, murmuraban, se burlaban. Reían con placer y sin temor alguno. Estaban seguras que su triunfo era total.

Mientras unas voces eran agudas y molestas, las otras eran suaves y melódicas. En tanto unas insultaban, las otras intercedían para que no fueran implacables en el castigo planeado. Unas reían, las otras lloriqueaban. Unas rezaban, las otras maldecían. Unas callaban, las otras gritaban. Unas acusaban, las otras justificaban. Unas exigían, las otras suplicaban. Unas precipitándose, las otras esperando. Ese conjunto de voces ensordecía hasta el silencio.

El bullicio y el frío se apoderaron de mi mundo. Su poder crecía con el avance del tiempo. Mi familia se interesó en mi habitación y trató de averiguar qué sucedía. Mi madre abrió uno de los armarios en busca de más frazadas y suéteres para protegerme del frío. Al hacerlo, se enfrentó a enormes trozos de hielo. Revisó los otros armarios y debajo de la cama, encontró muchos más.

Se escucharon lamentos, gemidos y lloriqueos.

Sacaron los trozos de hielo de los armarios y de la cama. El enigma de cómo llegaron ahí fue resuelto al observar el ingreso de otros pedazos de hielo. Marchaban en orden y a buen ritmo a través de la ventana de mi habitación que está ubicada frente al congelador de la cocina.

La boca del congelador se abría sola y ordenaba al ejército de hielo que se preparara para la marcha. La armonía y la hidalguía eran evidentes y sorprendentes a la vez. Al sentirse descubierto se dejó ir con fuerza en contra de sí mismo y trituró algunos soldados de hielo quienes perecieron al instante. Su sangre inundó la cocina.

El congelador fue removido de su sitio original y la ventana de habitación fue sellada. Confío en la efectividad de esas medidas, por el momento, hasta que el congelador decida realizar un nuevo intento.


Reversiones 2023

La siguiente selección de relatos pertenece a la recuperación de cuentos de 1982 que aparecieron originalmente en el Diario El Imparcial y fueron publicados bajo el título de Reversiones en 2023.

Génesis

La plaza central del pueblo fue invadida por cuerpos sin rostro. Surgieron del norte, del sur, del este y del oeste. Desde todos los puntos cardinales y caminando en diversas direcciones. Hacia arriba, hacia abajo, hacia el centro o hacia la periferia. No sabían hacia dónde, tampoco recordaban cuándo comenzaron. Sólo sabían que debían buscar su rostro. Cada uno tenía que encontrarse a sí mismo entre el grupo de rostros que se quedaron suspendidos en el tiempo por quién sabe qué fuerza extraña. Era una ardua tarea porque habían olvidado su imagen y no podían dar ni recibir su ayuda. Todos con una misma meta pero solos.

Cansados de buscar sin tener pistas ni seguridad alguna de enfrentarse a sus imágenes, transitaban por las calles y las avenidas con lentitud y desconsuelo. Sus brazos colgaban como hojas secas prontas a desprenderse de las ramas. Sus pies se arrastraban con desgano y desesperanza. Sus cuerpos era moles que se movían sin sentido, sin rumbo y sin ilusión.

Habían olvidado todo. No podían llorar siquiera, pues no tenían ojos que se nublasen ni mejillas que se mojasen con las lágrimas. No poseían labios que se moviesen y diesen lugar a las palabras.

Ni maldecían, ni suplicaban, ni gritaban, ni nada, porque no había cómo emitir esos sonidos.

Esos cuerpos de cabezas planas cubiertas de cabellos. Algunos lacios, otros crespos; unos rubios, otros negros, unos largos, otros cortos; algunos jóvenes y otros canos. Sólo cabellos atrás y al frente el vacío, la desfiguración.

La soledad y la desolación se instalaron en el pueblo pese a la cantidad de cuerpos que vagaban desde la mañana hasta muy entrada la noche. Luego, se creía que dormían; la escasez de alumbrado en las calles era la causa que impedía verlos, pero podían escucharse el eco de sus pasos y el choque de los cuerpos en la oscuridad.

Conforme pasaba el tiempo los sin rostro eran reforzados por nuevos miembros. Llegaron a ser tantos que movilizarse comenzó a constituir un problema. De mutuo acuerdo establecieron algunas leyes de circulación para protegerse y no obstaculizarse entre sí. Resultaba difícil comunicarse sin palabras y entre seres no videntes. Las señales de tránsito convenidas fueron auditivas. Porque escuchaban y ese fue su único nexo con el resto de los vivientes. Transcurridos algunos días, semanas o meses quizás, los cadáveres de los más débiles o de quienes se dejaron morir se amontonaron en las calles y avenidas. Los sobrevivientes aprendieron a evadir o escalar los pequeños montículos y las grandes elevaciones.

La angustia impregnada hasta en el último de sus poros no podía ser expresada ni eliminada; tuvieron que acostumbrarse a ella y la toleraron hasta donde eso fue posible.

Por momentos se agitaban y trataban de terminar con el sufrimiento. Era entonces que luchaban unos cuerpos contra otros y la muerte parecía ser el único alivio y la única alternativa. Las montañas de cadáveres sin identificación aumentaban. Meses, años y siglos cedieron el paso a otros, giraron su rutina en círculos.

El pueblo tomó una nueva configuración. Los montículos humanos fueron llamados de alguna forma en base a fechas, héroes o festividades especiales. Perdió sus planicies y su plaza central. Su nueva geografía la conformaron montañas desoladas de palabras y voces; ríos caudalosos y rojizos que nacieron de las entrañas de los fallecidos; escasos valles entre las elevaciones y senderos incontables en los cuales continúan buscando con desesperación un rostro, una identidad, una razón o un porqué los seres mutilados.

No quedó casa en pie. Sólo una oficina se ha mantenido en funciones, una persona ha conservado su empleo, su horario y salario. El hombre de rostro perverso y amargado; quien por mucho tiempo no ha hecho otra cosa que favorecer a los cambios: atendiendo a los insatisfechos con el nombre que se les fuese asignado e inscrito. Esa sombra, el registrador civil, cómplice y colaborador en las permutas sin oponer resistencia ni advertir los riesgos. El precio que ha tenido que pagar por ese silencio ha sido alto, la soledad y la desolación por compañía.

En tanto los delincuentes, aquellos que solicitaron el inicio de los trámites de cambio, han recibido como castigo esa peregrinación dolorosa y eterna en busca del rostro que perdieron al ingresar al registro civil ese día que decidieron ser llamados de otra manera. Ese fue el origen, esa fue la causa y ese fue el principio de un ciclo que se repetirá hasta que puedan situarse de nuevo sus rostros en sus cuerpos.

Peregrinación

Caminaban lentamente tan inclinados hacia adelante que desde lejos parecía que lo ejecutaban sobre cuatro patas. Sólo tenían dos. Era fácil observar en su movimiento la fatiga que los acompañaba a cada uno de ellos con mayor fidelidad que su propia sombra. No tenían sombra, se les había escapado sin que pudiesen hacer nada para evitarlo. Ni rostros ni rasgos físicos característicos podían ser distinguidos en esos seres. A fuerza de mirar hacia abajo no permitían examinar si poseían cara u otras muestras de humanidad. En su desorganizado desfile, hacia ningún sitio, a ratos semejaban remolinos. Se movían, eso demostraba su presencia.

Sus pies no dejaban ninguna huella impresa a su paso, producían el efecto de no tocar con sus plantas los sitios que transitaban.  Caminaban sin rozar la superficie de la tierra. Sólo era posible percibir el movimiento del aire y la brisa fresca que dejaban al traspasar cualquier objeto, porque los bamboleaban por breves segundos.

No se escuchaban sus voces. Ni lamentos ni maldiciones, ni lágrimas. Sólo se escuchaba el silencio. Sus ojos, dedicados a escrutar el reducido espacio que se hallaba bajo sus pies, no eran patos para orientarles a seguir en línea recta sino zizgzagueaban por momentos y en otros giraban sin sentido sobre sí mismos. Era una empresa difícil caminar sin la guía hábil de sus ojos. Además, no percibían ni la presencia ni el movimiento de otros a su alrededor. No los veían. Eso ocasionaba choques constantes que les hacían tambalear un poco e inclusive caerse.

Desconocían la causa que les impedía mirar hacia arriba, manteniéndoles hurgando el suelo. En ocasiones al caer lo hacían sin intención ni propósito sobre otros cuerpos ya derribados conformando sinuosidades y obligando a otros a tropezar al no poderlas superar. Sus brazos llegaron a pesar tanto sin ninguna razón que les resultó imposible elevarlos ni aún para buscar un apoyo u otra mano con la cual comunicarse. El silencio que había reinado al principio fue paulatinamente interrumpido. Su espacio fue llenado por gemidos y gruñidos que gradualmente aumentaron su tono e intensidad. Eran los sonidos procedentes de los cuerpos que se desencadenaron como medida de prevención, los seres emitían una señal de aviso para que los otros no les atropellasen más. No fueron escuchados ni escucharon. Estaban tan absortos en su tarea que ni su propia voz fueron capaces de atender.

Escarbaban con sus manos, sus pies, sus dedos, sus uñas, sus dientes, su hombro; sus rodillas e inclusive su nariz. Buscaban con desesperación, con rabia, con resignación y hasta con desencanto; bajo las piedras, entre la maleza, en las cuevas, entre los desagües en los basureros. Explorándolo todo, llegando hasta el centro mismo de la tierra. Se concretaban a cumplir con su misión sin protestar, conocían la motivación de tal mandato. Lo supieron desde siempre y pretendieron hacer caso omiso de él. Quisieron olvidarlo considerándolo parte de una antigua costumbre. Trataron de borrar esa costumbre de sus vidas y atendieron con fidelidad y premura los cambios bruscos de la moda. Cortaban sus cabellos y los tiraban al olvido; se peinaban y los cabellos que se desprendían los lanzaban al basurero o al desagüe.

Mientras vivieron, no sintieron ningún cambio ni sufrieron dolor ni desgracia. Nunca fueron capaces de escuchar los lamentos de los cabellos al ser eliminados ni las maldiciones que les lanzaron.

Al llegar el día del recuento final tal y como lo decía el antiguo legado, todos sus cabellos fueron contados y como ellos no los tenían completos les enviaron a buscarlos. Fueron condenados a esa eterna peregrinación. Sus espíritus fueron sentenciados a flotar por la tierra en busca de sus cabellos, fueron obligados a recuperarlos todos para obtener el descanso final.

Los cabellos abandonados en el transcurso de sus vidas descubrieron la forma de vengarse de ellos por la crueldad de que fueron víctimas; jugándoles a las escondidas y dándoles falsos indicios. El éxodo de hombres, mujeres y niños ha mantenido el ciclo por varias décadas, aumentando cada vez el número de condenados a buscar por siempre.


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