Carlos Paniagua
Xxändû es una mujer mendaz; transita las madrugadas, los espejos de motel y esa dimensión de sueños en donde seres plásticos, de las córneas a las uñas, son programados vía satélite para cobrar vida con el resplandor del neón, el sonido láser y polvos mágicos que hacen del amor un acto metálico ejecutado por vulgares mutantes.
Un perverso capricho digital hizo que Xxändû abandonara su órbita para infiltrar los sueños de un ignorado pintor. A la velocidad y silencio con que viaja la luz, se apoderó de su voluntad, carne y raciocinio, anegando su cama con el voraz deseo que incendia el lado oscuro de la Luna. Ella, sin quererlo, le descifró el enigma de los astros, le hizo ver la música silente que impregna los canales de Marte, palpar el perfume de la antimateria y, sentir en el paladar, el brillo del cangrejo inmortal que sueña otros universos a siete atmósferas bajo el mar de Java.

Juntos alteraron el orden estelar retozando desnudos por el espinazo de la Osa Mayor, haciendo el amor con desenfreno en el ingrávido Mar de la Tranquilidad y protagonizando siderales escándalos en la maraña del Monte de Venus. Ella hizo florecer en él lo sublime, pero pudrió su entendimiento e instinto de conservación. Él, en la euforia, fue ciego al espectro de la adversidad.
Un día llegó lo inevitable; él quiso eternizarla en un retrato, pero la tarea resultó ímproba e inútil: la imagen de Xxändû era incapaz de impregnar el lienzo o el papel. Ella, al sentirse descubierta, reptó de vuelta a su madriguera de neón dejándole, en venganza, cautivo de una prisión de espejos que multiplica al infinito su angustia y su soledad. Hoy, el pintor es un autómata de ojos nebulosos condenado al estéril oficio de retratar en el aire, los seductores rasgos de un inexistente rostro.
Xxändû es el más sucio y vil de los espejismos: “es” nadie.
Cuento inédito.

Deja un comentario